Esta no es una biografía de logros. Es el historial de cómo aprendí, a golpes y cobrando, lo que ahora te enseño con método.
Mi primera universidad de ventas fue la empresa de mi familia en Venezuela: Probanca. Registradoras fiscales, sistemas de facturación y productos bancarios, vendidos cara a cara a comercios y empresas. Aprendí a cobrar antes de aprender a afeitarme.
Me he ido de mi país tres veces antes de la definitiva. A los 18 compraba motores en Nueva York para venderlos en Venezuela. Volví, y en 2002 regresé al norte: trabajé en New Jersey desarmando carros en junkyards y de mesero en un restaurante peruano, donde aprendí a cocinar sus platos típicos y, sobre todo, a comerlos (mi plato favorito es el ají de gallina). Y en Bergen, Noruega, fui chef mientras nacía mi primera hija.
Cada vez volví. Monté mi propia distribuidora de repuestos y la levanté hasta que la situación política hizo cada vez más difícil la vida allá.
Llegué a Quito el 12 de enero de 2017 con 200 dólares en el bolsillo, después de cuatro días en bus. ¿Y a qué llegué? A vender. Vendí energizantes en el sur de Quito, vendí lotes de terreno en San Juan de Calderón y vendí mis fotos restaurante por restaurante por las avenidas de la ciudad.
Todo lo que he ganado en veinte años lo logré vendiéndome.
Nunca pisé un aula de ventas hasta los 40. Vendí dos décadas a puro instinto y cometí todos los errores caros: por eso ahora te salen baratos conmigo.
He cobrado caro y he estado quebrado. Las dos cosas enseñan. La segunda enseña más rápido.
Hoy vivo de dos cosas. Ayudo a gente que es muy buena en su trabajo a hacer lo que se le da fatal: venderse caro. Y escribo a diario, en inglés, para un medio de Estados Unidos: los ejecutivos de empresas que cotizan en NASDAQ me escriben a mí, yo no les escribo a ellos.
¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que subiste tus tarifas?
No doy motivación. La motivación se te acaba el martes.
Doy método.
Si sigues aquí, ya sabes con quién estás hablando.Ahora hablemos de ti.